lunes, 11 de junio de 2012
Cruenta llamarada.
sábado, 18 de junio de 2011
Desperate Cry [Postludio]

La recogida de cadáveres terminó casi al tiempo que amanecía. El día despertó gris, y una suave llovizna se llevaba los rastros de sangre que cruzaban el campo de batalla. De pie, inmóvil, permanecía el sueco, observando el pequeño claro donde daría comienzo el duelo en no mucho tiempo. Suspiró, preguntándose si sería capaz de matar con sus propias manos al danés. Aunque en el pasado lo hubiera deseado con toda su alma, ahora no lo tenía tan claro, ¡Habían cambiado tantas cosas desde entonces!.
Por su parte, el danés se encontraba sentado en un tocón, al otro lado de la colina. Su fiel hacha reposaba a su lado, limpia y afilada, lista para empezar cualquier batalla. Miró el arma pesaroso, preguntándose como demonios habían podido llegar a aquello. En otros tiempos, el cercenar la garganta de sueco en un duelo a muerte habría sido como un sueño, mas ahora no lo sentía así. Muchas cosas habían cambiado desde entonces, en especial desde la última batalla que habían tenido el sueco y el danés antes de firmar el tratado de paz. Tras esa sangrienta batalla, Denmark había decidido que todo eso tenía que acabar. Y así ocurrió, al menos durante un tiempo. Al principio, el odio que se profesaban era obvio, pues casi no podían ni verse. Pero con el tiempo, comenzaron a tolerarse, hasta llegar a tener buena relación entre ellos. Retazos de conversaciones llegaban ahora a la mente del pobre danés, atormentándole.
"-Parece mentira, ¿eh? Hace apenas veinte años estábamos destrozándonos el uno al otro.
-No es tarde para continuar, si aún lo deseas... aunque seguro que aún podría machacarte. Los daneses no sois más que unos bravucones.
-¡Eh, eh, sin faltar! Vosotros los suecos parece que más que pelear jugáis una partida de ajedrez...
-Se llama estrategia, Denmark. Igualmente, tienes razón... es algo extraño...el que podamos estar ahora tan tranquilos... el mantener el acuerdo de paz...
-Berwald... yo...
Una mano fue hasta posarse efímeramente sobre la del sueco, y después..."
-Señor, ya es la hora.
Denmark se sobresaltó, levantando la cabeza, saliendo de sus recuerdos. Asintió levemente, indicando al soldado que se retirara. Se levantó, llevándose una mano a los párpados. Quizás fuera cosa del aire, o de la vegetación, pero el caso era que estaban algo húmedos. Los frotó con la manga de su gabardina, apresurado, y después echó a andar hacia el claro. Apretó la mandíbula al ver las formas que se dibujaban al otro lado, formas que de sobra sabía que era el ejército sueco. Andó con decisión y sin variar la expresión. A pesar de todo, no debía, no quería mostrarse débil ante el enemigo. Y si Berwald no iba a ceder, él tampoco lo haría, pues al fin y al cabo, representaba a su país, no podía destruir toda la confianza de su nación.
Ambos llegaron al claro, mirándose fijamente. Denmark clavó sus claros ojos azules en los del sueco, apretando la empuñadura de su hacha, mientras este era el primero en hablar.
-Sabía que nuestro final sería este.-dijo en un leve murmullo, mientras comenzaba el protocolo antes del duelo.
-No tendría que ser así.-susurró amargamente el danés, yendo después a su posición- no es justo.
-Justo o no, ha de ser así. No dudes. Mantente firme. Recuerda todo el odio de tu pueblo y trata de matarme, como debe de ser.- dijo el sueco firmamente, con un brillo en su mirada.- ni se te pase por la cabeza contenerte. Vamos, empecemos.
Tras esa última frase, se lanzó contra él sin ningún tipo de contención, tratando de hundir su lanza en el danés. Poniendo cada músculo de su cuerpo en tensión, este finalmente se movió también, conteniendo el feroz ataque del otro con su hacha. Empujó con todas sus fuerzas, logrando hacer retroceder al sueco, y con un grito descargó su hacha. Finalmente, el duelo había comenzado.
El sonido del metal entrechocando inundó el claro, así como de jadeos de esfuerzo. Se encontraban enzarzados cuando un puñetazo del danés logró echar al otro hacia atrás. Ambos respiraban entrecortadamente, mientras, empezaron a evaluar sus daños. Den se llevó una mano a la mejilla, pues tenía un corte en ella que sangraba profusamente. Así mismo, notó otros cortes en el brazo y antebrazo izquierdo, así como en el hombro derecho. Observó al sueco mientras trataba de recuperar el aliento. Su aspecto era casi tan lamentable como el suyo. El sudor le perlaba la frente, y aparte de varios cortes por todo el cuerpo, su labio, ahora partido, empezaba a hincharse. Apretó su puño y volvió a cargar contra él, descargando nuevamente su hacha sin compasión alguna. Le abrió otra herida, que comenzó a sangrar, pero no paró, sino que le devolvió el golpe.
Trataba de mantener la cabeza fría mientras paraba y devolvía los golpes del sueco, pero las imágenes se agolpaban en su mente, mezclando el pasado con el presente. Sangre derramada, un grito de dolor, una caricia, un jadeo de angustia, una mano en su hombro, otro golpe, lágrimas de alegría, un escalofrío, un suspiro, una leve sonrisa, una mirada de odio, el roce de una mano, un grito desgarrado, un abrazo, un murmullo, un crujido de huesos, una mirada cómplice, dolor en el pecho, el roce de unos labios, no quiero,no quiero, no quiero, no quiero, basta, se acabó, quiero terminar con esto, no quiero, basta, basta, te quiero... ¿por qué...?
El combate fue interrumpido ante el sonido sordo que hizo el hacha al caer. El sueco se quedó estático, mirando atónito a su contrincante, el cual se había desarmado él solo. Den se quedó quieto, con la mirada fija en el sueco. No podía más, no podía seguir con aquello, y por ello el hacha había resbalado de sus manos. Miró al otro, dejando caer los brazos, esperando a que le atravesara con su lanza. No le importaba. Le parecía un buen final para toda aquella locura.
Berwald se quedó mirando fijamente al otro, queriendo pensar que era una broma del danés. Esperó a ver si recogía su hacha y volvía a cargar contra él, pues no podía estar haciendo esto. Se acercó, lanza en mano, dispuesto a matarlo allí mismo. "Vamos... no hagas esto... no me hagas esto, Den". Avanzó firmemente, colocando la punta de la lanza en su cuello.
-Coge tu hacha y haz lo que tienes que hacer.-masculló, mirándole con ira.- tú no eres así, coge tu puta hacha y trata de cortarme la cabeza.
-No.-dijo simplemente el danés, mirando fijamente al otro.-mátame.
-¿¡Has perdido la cabeza!- preguntó el sueco, desconcertado.-No hagas esto... no te hagas el héroe... ¡Lucha!
-¿Por qué? ¿Por qué tengo que luchar? -le preguntó simplemente.
-Por tu país... por tu gente... por lo que te de la gana... pero lucha, no me hagas matarte como un perro- era consciente de que no tenía mucho tiempo, puesto que estaban siendo observados por todos sus superiores y soldados de confianza. No podía defraudarles.
-No quiero luchar contra ti.-añadió.- realmente estoy cansado de todo. Venga, hazlo. Esto es como un sueño para ti, al fin y al cabo. Tienes la cabeza de Dinamarca servida en bandeja.
La lanza tembló ligeramente entre sus manos, pero reafirmó el agarre para que no se notara. Apretó un poco contra el cuello del danés, cortándole ligeramente, viendo como un hilillo de sangre se deslizaba por su garganta.
-No me jodas... Den...mark, por última vez, recoge el arma y...-dijo desesperado, alternando la mirada entre el cuello y el rostro del danés.- es tu deber... es tu deber como país...
-Y el tuyo también. Venga.- le instó. Vio que el otro dudaba, y finalmente dijo- ¿a qué estás esperando...? ¡HAZLO!- bramó, mirándole con un brillo extraño.
El sueco se quedó por una vez en su vida totalmente paralizado, sin saber qué hacer. El temblor de sus manos era ahora bastante notorio, y no podía apartar sus ojos del danés. Trató de ponerse firme y hacer lo que tenía que hacer. Elevó la lanza, se preparó para cargar...
... pero el fatídico golpe nunca llegó. En el último instante, hizo un giro, golpeando al danés con la empuñadura en el rostro, derribándole, partiendole el labio. Berwald comenzó a jadear, y la lanza resbaló de sus manos, haciendo un estrépito metálico al caer.
Denmark le observó desde el suelo, viendo como el otro seguía jadeando y temblando. Justo cuando iba a decir algo, este cayó sobre sus rodillas, hundiendo los dedos en la tierra. "¿Por qué? ¿Por qué no lo he matado...? ¿Por qué ahora...?" se preguntaba una vez el sueco, comenzando a rememorar los meses que había pasado con la otra nación. Hundió la cabeza, tratando de sobreponerse. Aquello no estaba bien.
El danés observaba al otro, quieto, hasta que finalmente decidió acercarse. Se dejó caer a su lado, ignorando todas las miradas de desaprobación y sorpresa que les observaban. Alargó una mano hacia la espalda del sueco, y justo en ese instante, una flecha le atravesó el pecho. Se quedó estático, tratando de procesar lo que acababa de ocurrir. Vio al sueco levantar la cabeza ante el silbido de la flecha y el que hizo al clavarse en el pecho del danés, mirándolo con horror. Den llevó una mano hasta la punta que sobresalía, comenzando a toser violentamente, sangre. Pálido como un muerto, el sueco le sujetó de la nuca, recostándole, observando la flecha de colores suecos.
-¿¡Quién demonios os ha dado orden de disparar!- les gritó, para después girarse de nuevo al danés, posando una mano sobre la del otro, que trataba de tocar la flecha- ¡No te muevas! Solo empeorarás la hemorragia...
Se oyó una risa ahogada, seguido de un débil apretón de mano por parte del danés.
-Debes... pensar que soy gilipollas... o debes... odiarme.- sonrió, mirándole con los ojos vidriosos y nublados, debido al dolor y la pérdida de sangre. Tosió nuevamente- no te... culpo.
-¡Cállate!- le gritó, limpiándole la sangre seca de la boca, sosteniéndole entre sus brazos, notando como la vida le abandonaba poco a poco- ¡No te mueras! ¡No te atrevas a hacerlo! ¡Tengo que matarte yo! ¡Estúpido danés, no me hagas...! ¡!
La frase fue interrumpida cuando, haciendo un esfuerzo sobrehumano, el danés agarró por la pechera al sueco y le besó. Poco le importaba ya que todos los generales estuvieran delante, así como sus mejores soldados. Iba a morir, al fin y al cabo, y no quería marcharse sin haber probado nuevamente sus labios. Cuando se separó, esbozó una sonrisa de las suyas.
-Te... sabe la boca... a sangre...-dijo, mientras apretaba aún más el agarre de su mano.-oye... lo sabes, ¿no?
La cara del sueco era indescifrable. Quería correr, huír lejos de allí, ir a un lugar donde el danés no estuviera desangrándose entre sus brazos. Bajó la cabeza, apoyando la frente en el hombro del otro, entre otras cosas para evitar que pudieran llegar a oírle.
-Lo sé... y confío en que tú también...-murmuró contra su hombro, casi en un lamento.-Den... no me hagas es-...
Abrió los ojos como platos cuando vió que el danés ya no se movía. En sus labios todavía quedaba dibujada una sonrisa, aunque se habían tornado pálidos. Se separó sin decir nada de él, acariciándole la mejilla mientras empezaba a murmurar.
-Abre los ojos, Den... no tiene gracia... abre los ojos...-la mano bajó hasta su pecho, arrancándole la flecha de un tirón. Viendo que tampoco servía de nada, acabó bramándole- ¡DESPIERTA!
En aquel momento, maldijo el día por no llover. De haber sido así, habría tenido una excusa para las lágrimas que habían empezado a bajar por sus mejillas. No lo entendía, no entendía cómo todo se había torcido tanto, ni tampoco por qué el danés había dejado de respirar... ¿Por qué había tenido que ser así...?
La fría brisa revolvía el cabello del sueco, que paseaba con aire ausente por lo que hacía unos días había sido un campo de batalla. No se fijó en los lugares donde numerosos hombres habían caído, muchos de su propia nación, sino que fue directo hacia el pequeño claro donde la sangre de Dinamarca se había vertido. Caminó despacio hasta el centro, donde aún permanecía clavada la poderosa hacha del danés. Se acercó hasta ella, quedando en cuclillas. Acarició su afilado borde, abstraido, mientras rememoraba todo lo que había ocurrido aquel día. Habían intentado salvarle... tras dos días de lucha habían intentado que no se fuera... pero aquella mañana le habían dado la fatídica noticia. Había sido un soldado danés, que le había jurado haber visto con sus propios ojos como la gran Dinamarca fallecía. Aún sin poder creérselo, el sueco había echado a andar, sin inmutarse, hasta llegar al lugar donde había ocurrido todo. Quedó arrodillado junto al hacha, mientras comenzaba a murmurar:
-Has sido un maldito idiota... impresentable... grandísimo imbécil... -recitó todos los insultos que le venían a la mente, aun sin retirar su mano del arma- te dije que lucharas... ¿¡Por qué no me hiciste caso! Lo más probable... es que nos hubieran parado... ¡Pero no! Tuviste que actuar por tu cuenta... tuviste que... maldito desgraciado... ¡se suponía que tenía que matarte yo!
Se encogió, soltando el hacha y tratando de controlar sus propias emociones. ¿Por qué dolía tanto? ¿Por qué se había quedado pálido cuando el cuerpo del danés había dejado de respirar?
¿Por qué no podía sacárselo de la cabeza? "Lo sabes, ¿No?" Aquella sencilla frase había sido la última que le había dicho, y el muy impresentable ni siquiera había tenido la decencia de vivir lo suficiente como para escuchar su respuesta.
-¿Se puede saber qué haces ahí tirado?
De no ser porque oyó claramente la voz, habría pensado que se había vuelto loco. Elevó bruscamente la mirada, quedando con los ojos abiertos como platos.
-Da...Danmark...-musitó, creyendo estar viendo un fantasma.
-Ajam, me llamo así. Me hirieron en el pecho, Berw, no en la cabeza.- dijo el danés, dedicándole aquella sonrisa que normalmente irritaba tanto al sueco. Acercó su mano hasta el arma clavada en el suelo, sacándola de un tirón- joder... mira como ha quedado mi hacha... tendré que estar horas para que vuelva a ser la que era... hay que ver...
El sueco, por su parte, no había sido capaz de salir de su asombro aún. Le miraba en silencio, con la boca ligeramente abierta. Solo cuando el danés se dejó caer a su lado, fue capaz de articular palabra.
-Tú...- gruñó, frunciendo el ceño tanto como pudo. Elevó lentamente sus manos hasta la chaqueta ajena, para después tumbarle bruscamente en el suelo, zarandeándole- ¿¡Qué demonios es esto! ¡Se suponía que estabas muerto!- le gritó, ofuscado.-¡Tú... tú no...! -volvió a gritar, para después derrumbarse, apoyando la cabeza en su pecho- no... no estás aquí.-oyó los latidos del corazón del otro, confirmándole que no era un espectro.
El danés se quedó estático, observando al sueco. Estaba claro que debía haber habido algún malentendido, puesto que, que el supiera, no había muerto ni nada por el estilo. Llevó una mano a la espalda del otro, dándole unas leves palmadas.
-Lamento contradecirte, Berw, pero creo que muerto no estoy.-dijo despacio, aún sin poder ver la cara del otro.- No sé quien te lo habrá dicho, pero lo único que ha pasado hoy es que me han dado el alta...
No pudo continuar con la explicación, pues el sueco había juntado brusca y desesperadamente sus labios con los del danés. Los ojos de este se abrieron de par en par, pero no le rechazó, al contrario, le atrajo más, profundizándolo. Cerró los ojos mientras besaba una y otra vez aquellos labios, hasta que la falta de aire les hizo separarse.
- Tú... lo sabes también... ¿No?.- murmuró el sueco, aún pegado a él- no me dejaste decírtelo el otro día, te desmayaste, maldito imbécil... no lo vuelvas a hacer... o te mataré.-cerró los ojos un momento, para finalmente separarse del otro, incorporándose. Se arregló el uniforme, dándole la espalda y aclarándose la garganta- deberíamos volver. Nuestros gobiernos están en plena negociación aún.
El danés permanecía en el suelo, mirándole fijamente. Una sonrisa de oreja a oreja había aparecido en su rostro. Se levantó en silencio, sin añadir nada más, pues realmente no importaba. Tras recoger el hacha, ambos empezaron a caminar, dirigiéndose de vuelta al campamento. No sabía si aquella situación volvería a repetirse, ni si tendría que volver a cruzar armas por el sueco. Pero ciertamente, la felicidad que embargaba al danés en aquel momento le hizo no darle tanta importancia. Estar al lado del otro era lo único que la tenía, de hecho.
martes, 18 de enero de 2011
El mundo de los glaciares
Glaciares, gigantes helados. Avanzan por gélidas aguas y recónditas montañas, extendiendo sus lenguas de hielo como si de un río se tratase. Su blancura impoluta hiere la vista cuando los rayos del sol impactan sobre ella, impidiendo disfrutar de la hermosura del paisaje.
Camino sin rumbo por la inmensa explanada helada. Todo es tan inquietantemente silencioso que hace que mi corazón se encoja. Puedo notar como el frío cala hasta llegar a mis pulmones, tornando mi respiración cada vez más pesada. Abrigándome con el cuello del abrigo, sigo andando por el manto helado, acompañado solo del crujido de mis propias pisadas. El vaho abandona mis cortados labios, perdiéndose en una ráfaga de viento helado. Giro la cabeza, observando como el sendero que he ido abriendo se pierde en la lejanía. No aspiro a llegar a ninguna parte, ni tampoco tengo un lugar a donde volver.
Desconozco cuantas horas llevo caminando, pues no tengo modo alguno de medir el paso del tiempo. En este gran desierto de hielo, el tiempo parece no transcurrir, haciendo que realmente solo puedas saber si es de día o si es de noche. Mis piernas empiezan a resentirse, pues llevan horas entumecidas por el frío, al igual que mi rostro y mis manos. Pero lo ignoro, pues realmente ya me da igual.
Veo cómo la nieve empieza a caer con más intensidad, indicando que pronto habrá ventisca. Los copos se enredan en mi ropa y en mis enmarañados cabellos. Alzo una amoratada mano, alcanzando uno para posteriormente llevarlo hasta mis labios, mezclando su frescura con el sabor metálico que aún permanece en mi boca. La sangre todavía cubre mi rostro. Con pasos pesados, me acerco a un lado del recién creado sendero, acuclillándome. Hundo las manos en la nieve y con gran torpeza cojo un puñado y trato de limpiarme, manchando con carmesí el impoluto blanco del glaciar.
La tormenta arrecia cada vez con más insistencia, casi como si tratara de advertirme que no debería estar allí. Y quizás tenga razón. Me quedo estático, observando primero todo lo que aún me queda por recorrer, para después girar lentamente la cabeza y ver todo lo que ya he recorrido. No tengo ninguna esperanza de sobrevivir. Me acerco a una de las grandes paredes heladas, dejándome caer junto a ella. Observo nuevamente el inmenso titán que se alza ante mí. Cierro los ojos despacio, sintiendo una repentina calma interior. Solo hace falta esperar.
Luebke
domingo, 2 de enero de 2011
Desperate Cry [Interludio]

El ocaso llegó al ritmo de las trompetas de guerra. La decisión estaba tomada, los ejércitos se colocaron en posición, inquietos y ansiosos por batirse con el odiado enemigo. Entre las filas de hombres, se oían murmullos de impaciencia, maldiciones y jadeos de anhelo. A la cabeza de los hombres, se alzaba el orgulloso Berwald, con la mirada fija en el horizonte, esperando a que las tropas danesas empezaran a emerger. No iba a ser un combate fácil, pues los daneses eran fieros guerreros, pero tampoco sus hombres se quedaban atrás. Apretó el agarre en torno a su fiel compañera, su mejor lanza, la cual tenía aún muescas de los viejos hachazos del danés. Inspiró profundamente, llenándose los pulmones de aire, dejándolo salir lentamente después. No podía evitar sentirse un tanto inquieto por la batalla, algo que jamás le había pasado. No importaba cuan fuerte fuera el enemigo, siempre esperaba las batallas con serenidad y frialdad. Pero en aquella ocasión, se sentía ansioso, como si quisiera que todo terminara de una vez.
Finalmente, el momento llegó. En la colina de en frente, comenzaron a divisarse grupos de hombres gritando y yendo directamente hacia ellos. Con un grito en sueco, sus tropas hicieron lo propio, cargando hacia los enemigos. El combate fue una verdadera carnicería. Difícil tarea fue el contar muertos y heridos a la media noche, cuando se hizo un descanso hasta la mañana siguiente. Esa misma noche tanto el danés como el sueco fueron convocados en una reunión.
Entró rápidamente el sueco, encontrándose de lleno con el órgano principal de su gobierno. Sentose en una silla, frente a ellos, y finalmente miró a sus líderes.
-¿De qué se trata? Si es por el recuento de bajas, no estará listo hasta mañana por la...
-No son las bajas lo que nos atañe en este momento, Sverige.- dijo el primer ministro, mirándole con gravedad. hemos llegado a un pacto con esa escoria danesa.
Berwald parpadeó, incrédulo. Su gobierno era conocido por su especial reticencia a la hora de firmar pactos a menos que fueran de cara a la rendición enemiga.
-¿Los daneses se han rendido?- preguntó, extrañado, pues Denmark no era precisamente famoso por acostumbrar a rendirse, por grande que fuera el enemigo o difícil que fuera la situación. El sueco apostaría una mano que antes prefería morir en combate antes de rendirse.
-Ya nos gustaría, hijo.- dijo el más mayor de los ministros, el de defensa y asuntos exteriores, conocido por su orgullo y rectitud.- pero han sido tan obstinados como de costumbre.
-Entonces... ¿Cúal es el trato?- preguntó el sueco, enarcando una ceja.
-Un duelo.- dijo el primer ministro- un duelo entre Denmark y tú.
Berwald se quedó mudo, procesando las palabras de su ministro.
-¿D-Disculpe? ¿Me está diciendo... que reducirán una guerra a un combate entre naciones...?- preguntó con un hilo de voz.
-Así es. Se realizará mañana a primera hora de la mañana. Confiamos plenamente en ti, Sverige.-dijo el anciano ministro, dando por concluída la reunión.
Berwald se quedó un momento estático, pero después de una respetuosa reverencia salió de la tienda sin decir nada más. Sin cambiar la cara y totalmente en tensión, se dirigió a su habitáculo, sentándose en la cama. En aquel momento y por primera vez en su vida, se sentía superado por sus propias sensaciones. ¿Batirse en duelo con Den? ¿En qué estaban pensando? ¿No habían superado ya la etapa de la Edad Media?
Se echó en la cama, quitándose las gafas con cuidado para poder frotarse el puente de la nariz mientras cerraba los ojos. Estaba terriblemente cansado de la batalla, y debía dormir si al día siguiente quería poder estar lúcido. Suspiró, mientras pensaba que en aquella ocasión, su gobierno no había sido muy acertado en sus ideas. No tardó en quedarse dormido, murmurando cierto nombre danés en su agitado ensueño.
martes, 8 de junio de 2010
Ganz tief in meinem Herz ist noch ein Plätz für dich

Siehst du mich, hörst du mich,
was hab ich dir getan,
warum zerstörst du mich?
Fühlst du mich, spürst du mich,
wenn du mich nicht mehr liebst,
warum berührst du mich?
Brauchst du mich, sag glaubst du nicht,
dass es besser ist,
du lebst dein Leben ohne mich?
Erkennst du mich, verstehst du nicht,
warum bist du überhaupt noch hier,
was willst du noch von mir?
Augen auf, wer sieht versteht,
wie gnadenlos die Zeit vergeht,
wie sich der Zeiger dreht, unentwegt,
er steht nicht still...
Du weißt nicht was du willst,
du weißt nicht wo du stehst,
weißt nicht woher du kommst, wohin du gehst...
Du weißt nicht was dich treibt,
was am Ende für dich bleibt,
warum bist du so blaß und kalt, so herzlos?
Du weißt nicht was du tust,
weißt nicht woran du glaubst,
sag mir wozu und ob du mich noch brauchst?
Wenns einfach nicht mehr passt,
wenn du mich wirklich nur noch hasst,
warum bist du noch hier,
wofür, was willst du noch von mir?
(Was willst du noch, was willst du noch,
was willst du noch, was willst du noch von mir?)
Siehst du mich, erkennst du mich,
ganz tief in meinem Herz
ist noch ein Platz für dich...
Ich suche dich, ich sehne mich,
nach dem was ich geliebt hab
doch ich find es nicht...
Augen auf, wer sieht versteht,
wie gnadenlos die Zeit vergeht,
wie sich der Zeiger dreht, unentwegt,
er steht nicht still...
Viel zu lange, viel zu spät,
sturmgeerntet, windgesäht,
die Zeit vergeht, unentwegt,
sie steht nicht still...
Du weißt nicht was du willst,
du weißt nicht wo du stehst,
weißt nicht woher du kommst, wohin du gehst...
Du weißt nicht was dich treibt,
was am Ende für dich bleibt,
warum bist du so blaß und kalt, so herzlos?
Du weißt nicht was du tust,
weißt nicht woran du glaubst,
sag mir wozu und ob du mich noch brauchst?
Wenns einfach nicht mehr passt,
wenn du mich wirklich nur noch hasst,
warum bist du noch hier,
wofür, was willst du noch von mir?
(Was willst du noch, was willst du noch,
was willst du noch, was willst du wirklich noch von mir?)
(Was willst du noch, was willst du noch,
was willst du noch, was willst du noch von mir?)
Sag mir!
(Was willst du noch, was willst du noch,
was willst du noch, was willst du noch von mir?)
(Was willst du noch, was willst du noch,
was willst du noch, was willst du wirklich noch von mir?)
domingo, 25 de abril de 2010
Desperate Cry [Preludio]

Se encontraba sentado en una butaca de la lúgubre habitación, con el rostro enterrado en una mano, acompañado solo por el leve tintineo del hielo. Suspiró apesadumbrado mientras pegaba un largo trago del vaso que sostenía en su mano, notando el ardor del whiskey bajando por su garganta. A su lado, descasaban dos botellas de la fuerte bebida, una de ellas vacía, delatando lo que había estado haciendo aquella tarde. Estaba deprimido, pues su mundo acababa de derrumbarse por completo, y había bastado una simple reunión de trabajo para ello. Recordando lo que había ocurrido, no pudo sino hundirse más en el amargor que le consumía, vaciando el vaso en su boca mientras trataba de calmarse y pensar con claridad, tarea harto difícil con la cantidad de alcohol que corría por sus venas. Pasó una mano por sus rubios y despeinados cabellos, tratando de despejarse, sin éxito. Poco a poco iba notando como su consciencia trataba de abandonarle, rezando para despertar solo en la mañana, sin que nadie hubiera descubierto su lamentable aspecto. Justo cuando estaba a punto de convencerse que así sería, la puerta se abrió para dejar paso a una imponente figura.
-¿Ahora te das a la bebida, gran Rey de los Países Nórdicos?- dijo la impasible voz del sueco, cerrando tras él. Al principio se le quedó mirando fijamente en la semi-oscuridad, con una mezcla de reproche y lástima, pero finalmente se acercó al danés.- no es tu estilo hundirte así, ¿sabes?
-No soy el rey de una mierda- masculló el danés, dejando el vaso a un lado- y todavía no sé como has podido aceptar que...
-Era lo que tenía que hacer. - le interrumpió el otro, hablándole con su habitual serenidad- simplemente, trato de velar por el bien de mi país...
-¡No me jodas, Berwald! -le espetó, levantándose repentinamente. Tanto fue así que el vaso que descansaba a su lado cayó, haciéndose añicos. Agarró al sueco de las solapas de la chaqueta, empotrándolo contra la pared, mirándolo con furia- ¡Sabes que esto es una puta locura y no haces nada por...!
-Estás borracho. - volvió a interrumpirle el sueco, taladrándole con la mirada.
-¡Y qué si lo estoy! - bramó, reafirmando su agarre en la chaqueta del otro- ¡No hace menos cierto lo que digo!
-Cálmate.- dijo gélidamente- No ha sido idea mía, mi gobierno consideró oportuno el que todo esto se llevara a cabo y yo me he limietado a obedecer.
-¿¡Y ya está!? ¿¡Eso es todo!?. - gritó, desesperandose.
-No sé que más podría haber.- murmuró, por primera vez mostrando algo de turbación.
-¿Cómo... ¿¡Cómo puedes preguntarme eso!? ¿Acaso te importa todo una mierda...? ¿Acaso yo...?
Fue interrumpido por una mano que se cerró súbitamente alrededor de su garganta. El sueco apretó, soltándose al mismo tiempo del agarre del danés mientras le miraba fijamente.
-Ni se te ocurra decirlo. -siseó, amenazante. Se inclinó ligeramente sobre él, hasta quedar muy cerca, pero después se separó, como si se lo hubiera pensado. Le soltó, haciendo que el otro se llevara una mano al cuello, frotando mientras el otro se sacudía la chaqueta, colocándosela bien.- deberías acostarte ya, o mañana estarás hecho un asco. No quiero ganar así. -se dirigió a la puerta, y justo antes de salir susurró un leve "buenas noches".
Den se quedó estático, pensativo. Parecía que el efecto del alcohol se había pasado en cierto modo, pues podía pensar con claridad. Con demasiada claridad, de hecho. Para su desgracia había procesado perfectamente las palabras del sueco. Esperaba que entrara en razón, incluso que al verle en aquel estado lamentable se apiadara y se negara. Pero no había ocurrido así. Se pasó despacio la mano por su alborotado cabello rubio, sumido en sus pensamientos, hasta que se dejó caer de nuevo en la butaca, quedando absorto con los fragmentos de vidrio que aún yacían desparramados por el suelo. Pero aquel vaso no era lo único que se había roto aquella noche.
jueves, 18 de febrero de 2010
Feeling like a monster

I keep it caged but I can't control it
So stay away from me, the beast is ugly
I feel the rage and I just can't hold it
It's scratching on the walls, in the closet, in the halls
It comes awake and I can't control it
Hiding under the bed, in my body, in my head
Why won't somebody come and save me from this, make it end?
I feel it deep within, it's just beneath the skin
I must confess that I feel like a monster
I hate what I've become, the nightmare's just begun
I must confess that I feel like a monster
I, I feel like a monster
I, I feel like a monster
My secret side I keep hid under lock and key
I keep it caged but I can't control it
'Cause if I let him out he'll tear me up, break me down
Why won't somebody come and save me from this, make it end?
I feel it deep within, it's just beneath the skin
I must confess that I feel like a monster
I hate what I've become, the nightmare's just begun
I must confess that I feel like a monster
I feel it deep within, it's just beneath the skin
I must confess that I feel like a monster
I, I feel like a monster
I, I feel like a monster
It's hiding in the dark, it's teeth are razor sharp
There's no escape for me, it wants my soul, it wants my heart
No one can hear me scream, maybe it's just a dream
Maybe it's inside of me, stop this monster
I feel it deep within, it's just beneath the skin
I must confess that I feel like a monster
I hate what I've become, the nightmare's just begun
I must confess that I feel like a monster
I feel it deep within, it's just beneath the skin
I must confess that I feel like a monster
I've gotta lose control, he something radical
I must confess that I feel like a monster
I, I feel like a monster
I, I feel like a monster
I, I feel like a monster
I, I feel like a monster
Monster, Skillet
lunes, 25 de enero de 2010
King of flowers
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Willkomen
In der Dunkelheit!
In der Einsamkeit!
In der Traurigkeit!
Für die Ewigkeit!
Willkommen
In der Wirklichkeit
Und wanderst du
Im tiefen Tal
Seid ihr bereit?
Und sei dein Dasein
Ohne Licht
Seid ihr soweit?
Fürchte kein Unglück,
Keine Qual
Macht euch bereit
Wiener Blut, Liebe ist für alle da, Rammstein.
martes, 24 de noviembre de 2009
Seremos libres
-No quería matarte... solo verte morir.-¿Por qué?
-Porque entonces te hubiera querido.
-¿Sólo entonces?
Él la miró a los ojos.
-Creo que sí.
-No te mueras...-murmuró ella.
En sus ojos apareció un ligero rastro de sorpresa. La sangre que manaba de su rostro había teñido su cuerpo de rojo, y él había empezado a gemir de dolor.
-Yo maté a Kuniko...-dijo-, y a otra mujer que se parecía a ti. Al acabar con su vida, algo dentro de mí murió también. Por eso, al verte, pensé que no me importaría morir de nuevo...
Masako se quitó la parka para poder abrazarlo mejor. Tenía el rostro abotargato y amoratado, era consciente que debía de tener un aspecto horrible, pero no le importaba.
-Yo estoy viva-dijo-.No te mueras.
-Es demasiado tarde-repuso él casi aliviado. Su cuerpo se estremecía. Ella acercó su cara a la herida para examinarla. Era enorme y profunda; juntó su piel y la mantuvo unida-. Es inútil -dijo él-. me has seccionado una arteria.
Sin embargo, Masako se resistía a rendirse y seguía aguantándole la cara mientras la vida se le iba poco a poco. Volvió a mirar a su alrededor: se habían encontrado en ese enorme ataúd, se habían comprendido y ahora tenían que despedirse.
-¿Me das un cigarrillo?-le pidió él con un susurro.
Masako cogió los pantalones de él, sacó un cigarrillo del bolsillo, se lo puso en los labios y lo encendió. En pocos segundos quedó empapado en sangre, pero Satake logró extraer una delgada
columna de humo.
Masako se arrodilló frente a él y le miró a la cara.
-Te llevaré a un hospital.
Satake sonrió levemente. Debía de tener también algún tendón seccionado, porque su sonrisa no fue más que un movimiento apenas perceptible en la parte del rostro que no tenía bañada en sangre.
-La mujer a quien maté me dijo lo mismo... Debe de ser el destino...
El cigarrillo cayó de sus labios y chisporroteó en el charco de sangre. Satake cerró los ojos, se había abandonado a su suerte.
-Venga, vamos.
-Si vamos a un hospital, acabaremos en la cárcel.
Tenía razón. Si salían de la fábrica, todo el peso de la ley caería sobre ellos.
Satake empezó a sufrir convulsiones y ella lo abrazó con más fuerza. Cuando sus cabezas se juntaron, notó que su piel había comenzado a enfriarse.
-Me da igual -dijo ella-. Quiero que sobrevivas.
-¿Por qué? -preguntó él en voz baja-. Después de todo lo que te he hecho...
-Si te mueres, también yo moriré. No podré seguir viviendo.
-Yo lo he hecho.
Satake cerró los ojos.
Masako intentaba taponarle la herida y detener la hemorragia, pero él parecía estar cada vez más lejos. Finalmente entreabrió los ojos y le preguntó de nuevo:
-¿Por qué quieres que sobreviva?
-Porque te entiendo -respondió Masako-. Somos iguales, y quiero que vivamos los dos.
Cuando se inclinó para besarle los labios ensangrentados, él la miró con ojos serenos. Entonces, como si no estuviera habituado a hablar con esperanza, dijo con voz vacilante:
-Nunca lo había pensado... pero con cincuenta millones... Si lográramos llegar hasta el aeropuerto de Narita, quizá podríamos salvarnos.
-Me han dicho que en Brasil se vive bien.
-¿Me llevas contigo?
-Claro, yo tampoco tengo a dónde volver.
-Ni a dónde ir... ni a dónde volver... -dijo Satake. Masako miró sus manos ensangrentadas-.
Seremos libres -añadió en un murmullo.
-Sí, libres -confirmó ella. Él alargó el brazo y le acarició la mejilla, pero sus dedos estaban terriblemente fríos-. Apenas sangras -le dijo.
Satake se limitó a asentir con la cabeza, consciente de que Masako mentía.
Out, Natsuo Kirino.
viernes, 20 de noviembre de 2009
martes, 27 de octubre de 2009
Adolescencia.
Educados en el silencio, la tranquilidad y la austeridad,de repente se nos arroja al mundo;
cien mil olas nos envuelven,
todo nos seduce, muchas cosas nos atraen,
otras muchas nos enojan, y de hora en hora
titubea un ligero sentimiento de inquietud;
sentimos y lo que sentimos
lo enjuaga la abigarrada confusión del mundo.
Goethe
martes, 6 de octubre de 2009
Amour

Die Liebe ist ein wildes Tier
Sie atmet dich sie sucht nach dir
Nistet auf gebrochenen Herzen
Geht auf Jagd bei Kuss und Kerzen
Saugt sich fest an deinen Lippen
Gräbt sich Gänge durch die Rippen
Lässt sich fallen weich wie Schnee
Erst wird es heiß dann kalt am Ende tut es weh
Amour Amour
Alle wollen nur dich zähmen
Amour Amour am Ende
gefangen zwischen deinen Zähnen
Die Liebe ist ein wildes Tier
Sie beißt und kratzt und tritt nach mir
Hält mich mit tausend Armen fest
Zerrt mich in ihr Liebesnest
Frißt mich auf mit Haut und Haar
und würgt mich wieder aus nach Tag und Jahr
Läßt sich fallen weich wie Schnee
Erst wird es heiß dann kalt am Ende tut es weh
Amour Amour
Alle wollen nur dich zähmen
Amour Amour am Ende
gefangen zwischen deinen Zähnen
Die Liebe ist ein wildes Tier
In die Falle gehst du ihr
In die Augen starrt sie dir
Verzaubert wenn ihr Blick dich trifft
Bitte bitte gib mir Gift
Amour, Rammstein; Reise, Reise
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Einsamkeit
Se removió intraquilo en su butacón de cuero, mirando nerviosamente por toda la habitación. Dirigió su mirada a la pantalla que tenía delante, que rezaba: "No tiene correo". Maldijo en voz baja, repitiéndose a sí mismo que todo estaba bien una y otra vez, como una plegaria. Abrió sus cajones uno por uno en busca de algo por hacer, pero no encontró nada. "Vamos, vamos" pensó. "Esto no puede afectarme tanto... ¿Qué es la soledad, si tengo dinero y una bonita casa en la que vivir? No necesito a nadie... a nadie...." Una risa nerviosa salió de su garganta, al principio casi muda, pero que fue subiendo de tono hasta llenar toda la estancia, convirtiéndose en la risa de un demente. "Todo está bien, todo está bien..." canturreó, levantándose, sintiendo como el asiento crujía cuando su espalda empapada en sudor se despegaba del respaldo.Paseó por el despacho, observando la delicada y sobria decoración, todo colocado en su sitio, sin la menor imperfección. Las paredes estaban pintadas en un tono ocre, casi imperceptible a la leve luz que entraba de la ventana, y cubiertas de pinturas de las más prestigiosas galerías de arte, piezas que cualquier coleccionista habría envidiado. Observó a su vez todas las pequeñas estatuillas que adornaban las mesitas, así como la lujosa alfombra de piel de oso que descansaba en el suelo. En un pequeño rincón, pendían medallas y diplomas, todos a su nombre. Los miró con expresión vacía, sin sentir nada, pues todos aquellos bienes, que tiempo atrás le henchían el pecho de orgullo y alegría, para él no era ya más que vanos recuerdos sin sentido. Paseó su mano por la repisa de la chimenea, quedándose observando las frías cenizas que reposaban en el lecho de la cavidad. Así se sentía en esos momentos, como un fuego ya apagado y olvidado.
Y es que ya no le quedaba nada más que su tremenda soledad, pues había perdido a la única persona con la que contaba. La pena que sentía en aquellos momentos era algo indescriptible, tan doloroso como si algo le estuviera devorando las entrañas. Se llevó una mano al pecho, notando como este palpitaba dolorido. "¿Por qué...? ¿Por qué te has ido...?" Notó como los ojos se le inundaban de lágrimas, que recorrían sus mejillas incansablemente. Como si de un niño se tratase, cayó sobre sus rodillas, sollozando, llorando desconsolado. "No me queda nada..."
Minutos después, se calmó, enjugándose las lágrimas con decisión. Volvió a su sillón, sentándose en él, totalmente agotado, cansado de todo. Ni siquiera dejó una nota ¿Para qué? No habría nadie que la leyera. Con parsimonia abrió el último de sus cajones, el que siempre estaba cerrado con llave, y de él extrajo una bonita Glock del calibre 25, que acarició y mimó. "Bien vieja amiga... ¿Te parece si le haces un último favor a tu amo?"
Se la llevó a la sien, y cerrando los ojos por última vez apretó el gatillo. La estancia brilló ante el estallido del arma, pero después se apagó, así como la vida de su propietario.
sábado, 12 de septiembre de 2009
Caín

La salvación de mis penalidades vino de una manera totalmente inesperada y fue acompañada al mismo tiempo de algo nuevo que ha estado actuando hasta hoy en mi vida. En nuestro colegio había ingresado hacía poco un nuevo alumno. Era hijo de una viuda rica, que había venido a vivir a nuestra ciudad, y llevaba un brazalete negro en la manga. Iba a una clase superior a la mía y tenía unos años más; pero a mí, como a todos, me llamó en seguida la atención.
Este alumno tan sorprendente parecía mucho mayor de lo que en realidad era. A nadie le daba la impresión que fuera un chico. Entre nosotros se movía extraño y maduro, como un hombre, como un señor más bien. No era popular, no participaba en los juegos y menos en las peleas; únicamente su tono seguro y decidido frente a los profesores nos gustaba. Se llamaba Max Demian.
Un día, como solía ocurrir en nuestro colegio, instalaron a otra clase en nuestra espaciosa aula, por no sé qué motivos. Esta clase era la de Demian. Nosotros, los pequeños, teníamos Historia Sagrada, y los mayores debían hacer una redacción. Mientras nos explicaban la historia de Caín y Abel, yo miraba de reojo la cara de Demian, que me fascinaba de manera extraña, y observaba aquel rostro seguro, inteligente y claro inclinado sobre su trabajo con atención y carácter.
No parecía en absoluto un alumno haciendo sus deberes, sino un investigador dedicado a sus propios problemas. En el fondo no me resultaba simpático; al contrario, sentía algo contra él: me resultaba superior y frío, demasiado seguro de sí mismo. Sus ojos tenían la expresión de los adultos —que nunca gusta a los niños—, un poco triste y con destellos de ironía.
Pero yo me sentía obligado a mirarle constantemente, me gustara o no; sin embargo, cuando él me dirigía la mirada, yo apartaba los ojos asustado. Si hoy recuerdo el aspecto que tenía Demian entonces, puedo decir que era diferente a todos los demás en cualquier sentido y que tenía una personalidad muy definida; por eso mismo llamaba la atención, aunque él hacía todo lo posible por pasar inadvertido, comportándose como un príncipe disfrazado que se encuentra entre campesinos y se esfuerza en parecer uno de ellos.
Al terminar las clases, salió detrás de mí. Cuando los demás se dispersaron, me alcanzó y saludó. También este saludo resultaba muy adulto y cortés, aunque imitara nuestro tono de colegiales.
—¿Vamos un rato juntos? —me preguntó con amabilidad.
Me sentí muy halagado y dije que sí. Entonces le expliqué dónde vivía.
—¡Ah! ¿Allí? —dijo sonriendo—. Conozco esa casa. Sobre vuestra puerta hay una cosa muy curiosa que me ha interesado desde que la vi.
No supe al principio a lo que se refería y me asombró que conociera mi casa mejor que yo. Debía referirse al escudo que campeaba sobre el portón; con el paso del tiempo se había desgastado y había sido pintado varias veces; creo que no tenía nada que ver con nosotros y nuestra familia.
—No sé lo que es —dije tímidamente—. Me parece que es un pájaro o algo parecido. Debe ser muy antiguo. Dicen que la casa perteneció antiguamente a un convento.
—Puede ser —asintió él—. Obsérvalo bien; esas cosas suelen ser muy interesantes. Creo que el pájaro es un gavilán.
Seguimos adelante, yo muy aturdido. De pronto, Demian se rió, como si se le hubiera ocurrido algo muy divertido.
—Hoy he asistido a vuestra clase —dijo muy animado—. Sobre la historia de Caín, el que llevaba un estigma en la frente, ¿no? ¿Te gusta?
No, pocas veces me gustaba algo de lo que tenía que estudiar. Sin embargo, no me atrevía a decirlo, porque era como si estuviera hablando con una persona mayor. Contesté que la historia me gustaba.
Demian me dio unas palmaditas en el hombro.
—No necesitas fingir, amigo. Pero esa historia es verdaderamente muy rara, mucho más que la mayoría de las que se tratan en clase. El profesor no ha dicho mucho; sólo lo habitual sobre Dios y el pecado, y todo eso. Pero yo creo…
Se interrumpió sonriendo y me preguntó:
—Oye, ¿pero esto te interesa? Pues yo creo —continuó— que la historia de Caín se puede interpretar de manera muy distinta. La mayoría de las cosas que nos enseñan son seguramente verdaderas, pero se pueden ver desde otro punto de vista que el de los profesores y generalmente se entienden entonces mucho mejor. Por ejemplo, no se puede estar satisfecho con la explicación que se nos da de Caín y la señal que lleva en su frente.
¿No te parece? Que uno mate a su hermano en una pelea, puede pasar; que luego le dé miedo y se arrepienta, también es posible; pero que precisamente por su cobardía le recompensen con una distinción que le proteja y que inspire miedo a los demás, eso me parece muy raro.
—Sí, es verdad —dije interesado. El asunto empezaba a intrigarme—. ¿Pero cómo vas a interpretar si no la historia?
Me dio una palmada en el hombro.
—¡Muy sencillo! El estigma fue lo que existió en un principio, y en él se basó la historia. Hubo un hombre con algo en el rostro que daba miedo a los demás. No se atrevían a tocarle; él y sus hijos les impresionaban. Quizá, o seguramente, no se trataba de una auténtica señal sobre la frente, de algo como un sello de correos; la vida no suele ser tan tosca. Probablemente fuera algo apenas perceptible, inquietante: un poco más de inteligencia y audacia en la mirada.
Aquel hombre tenía poder, aquel hombre inspiraba temor. Llevaba una «señal». Esto podía explicarse como se quisiera; y siempre se prefiere lo que resulta cómodo y da razón. Se temía a los hijos de Caín, que llevaban una «señal». Ésta no se explicaba como lo que era, es decir, como una distinción, sino como todo lo contrario. La gente dijo que aquellos tipos con la «señal» eran siniestros; y la verdad, lo eran. Los hombres con valor y carácter siempre les han resultado siniestros a la gente. Que anduviera suelta una raza de hombres audaces e inquietantes resultaba incomodísimo; y les pusieron un sobrenombre y se inventaron una leyenda para vengarse de ellos y justificar un poco todo el miedo que les tenían. ¿Comprendes?
—Sí, eso quiere decir que Caín no fue malo. Entonces, ¿toda la historia de la Biblia es mentira?
—Sí y no. Estas viejas historias son siempre verdad, pero no siempre han sido recogidas y explicadas como debiera ser. Yo pienso que Caín era un gran tipo y que le echaron toda esa historia encima sólo porque le tenían miedo. La historia era simplemente un bulo que la gente contaba; era verdad sólo lo referente al estigma que Caín y sus hijos llevaban y que les hacían diferentes a la demás gente.
Yo estaba asombrado.
—¿Y crees que lo del asesinato no fue tampoco verdad? —pregunté emocionado.
—¡Oh, sí! Seguramente es verdad. El más fuerte mató a uno más débil. Que fuera su hermano, eso ya se puede dudar. Además, no importa; a fin de cuentas, todos los hombres son hermanos. Así que un fuerte mató a un débil. Quizá fue un acto heroico, quizá no lo fue. En todo caso los débiles tuvieron miedo y empezaron a lamentarse mucho. Y cuando les preguntaban: «¿Por qué no le matan?», ellos no contestaban: «Porque somos unos cobardes», sino que decían: «No se puede. Tiene una señal. ¡Dios le ha marcado!» Así nació la mentira. Bueno, no te entretengo más. ¡Adiós!
Dobló por la Altgasse y me dejó solo, sorprendido como jamás en toda mi vida. Nada más desaparecer, todo lo que me había dicho me pareció increíble. ¡Caín un hombre noble y Abel un cobarde! ¡La señal que llevaba Caín en la frente era una distinción! Era absurdo, blasfemo e infame. Y Dios, ¿dónde se quedaba? ¿No había aceptado el sacrificio de Abel? ¿No quería a Abel? ¡Qué tontería! Y empecé a pensar que Demian me había tomado el pelo y quería ponerme en ridículo. ¡Qué chico más inteligente y qué bien hablaba!
Pero no, no podía ser.
Demian, Hermann Hesse
lunes, 27 de julio de 2009
Mediterráneo
sigue jugando en tu playa
y escondido tras las cañas
duerme mi primer amor,
llevo tu luz y tu olor
por donde quiera que vaya
y amontonando en tu arena
guardo amor, juegos y penas
yo...
que en la piel tengo el sabor
amargo del llanto eterno
que han vertido en ti cien pueblos
de Algeciras a Estambul
para que pintes de azul
sus largas noches de invierno.
A fuerza de desventuras
tu alma es profunda y oscura.
A tus atardeceres rojos
se acostumbraron mis ojos
como el recodo al camino.
Soy cantor, soy embustero
me gusta el juego y el vino.
Tengo alma de marinero.
Que le voy a hacer, si yo
nací en el Mediterráneo.
nací en el Mediterráneo.
Y te acercas, y te vas
después de besar mi aldea.
Jugando con la marea
te vas, pensando en volver.
Eres como una mujer
perfumadita de brea
Que se añora y que se quiere
que se conoce y se teme,
ay...
Si un día para mi mal
viene a buscarme la parca,
empujad al mar mi barca
con un levante otoñal
Y dejad que el temporal
desgüace sus alas blancas.
y a mi enterradme sin duelo
entre la playa y el cielo
En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
quiero tener buena vista.
Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista.
Cerca del mar. porqué yo
nací en el Mediterráneo.
nací en el Mediterráneo.
jueves, 2 de julio de 2009
Loveless
PrologueWhen the war of the beasts brings about the world’s end
The goddess descends from the sky
Wings of light and dark spread afar
She guides us to bliss, her gift everlasting
Act I
Infinite in mystery is the gift of the goddess
We seek it thus, and take it to the sky
Ripples form on the water’s surface
The wandering soul knows no rest
Act II
There is no hate, only joy
For you are beloved by the goddess
Hero of the dawn, Healer of worlds
Dreams of the morrow hath the shattered soul
Pride is lost
Wings stripped away, the end is nigh
Act III
My friend, do you fly away now?
To a world that abhors you and I?
All that awaits you is a somber morrow
No matter where the winds may blow
My friend, your desire
Is the bringer of life, the gift of the goddess
Even if the morrow is barren of promises
Nothing shall forestall my return
Act IV
My friend, the fates are cruel
There are no dreams, no honor remains
The arrow has left the bow of the goddess
My soul, corrupted by vengeance
Hath endured torment, to find the end of the journey
In my own salvation
And your eternal slumber
Legend shall speak
Of sacrifice at world’s end
The wind sails over the water’s surface
Quietly, but surely
Act V
Even if the morrow is barren of promises
Nothing shall forestall my return
To become the dew that quenches the land
To spare the sands, the seas, the skies
I offer them this silent sacrifice.
jueves, 18 de junio de 2009
Her ghost in the fog
The moon, she hangs like a cruel portraitSoft winds whisper the bidding of trees
As this tragedy starts with a shattered glass heart
And the mid-nightmare trampling of dreams
But oh, no tears please
Fear and pain may accompany death
But it is desire that shepherds its certainty
As we shall see
She was divinity's creature that kissed in cold mirrors
A queen of snow, far beyond compare
Lips attuned to symmetry sought her everywhere
Dark liquored eyes, an Arabian nightmare
She shone on watercolors of my pond life as pearl
Until those who couldn't have her, cut her free of this world
That fateful eve when the breeze stank of sunset and camphor
Their lanterns chased phantoms and threw
An inquisitive glance, like the shadows they cast
On my love picking rue by the light of the moon
Putting reason to flight or to death is their way
They crept through woods mesmerized
By the taffeta ley of her hips that held sway
Over all they surveyed save a mist on the rise
A deadly blessing to hide her ghost in the fog
They raped and left, five men of God, her ghost in the fog
Dawn discovered her there beneath the cedar's stare
Silk dress torn, her raven hair flown to gown her beauty bared
Was starred with frost, I knew her lost
I wept 'til tears crept back to prayer
She'd sworn me vows in fragrant blood
"Never to part, lest jealous Heaven stole our hearts"
Then this I screamed ,"Come back to me
For I was born in love with thee
So why should fate stand in between?"
And as I drowned her gentle curves
With dreams unsaid and final words
I espied a gleam trodden to earth
The church bell tower key
The village mourned her by goodbye
For she'd been a witch, their men had longed to try
And I broke under Christ seeking guilty signs
My tortured soul on ice
A queen of snow, far beyond compare
Lips attuned to symmetry, sought her everywhere
Trappistine eyes, an Arabian nightmare
She was Ursuline possessed of a milky white skin
My porcelain yin, a graceful Angel of sin
And so for her the breeze stank of sunset and camphor
My lantern chased her phantom and blew
Their chapel ablaze and all locked in to a pain
Best reserved for judgment that their Bible construed
Putting reason to flight or to flame unashamed, I swept from cries
Mesmerized by the taffeta ley of her hips that held sway
Over all those at bay, save a mist on the rise
A final blessing to hide, her ghost in the fog
And I embraced where lovers rot, her ghost in the fog
Her ghost in the fog, her ghost in the fog
jueves, 4 de junio de 2009
Black as the Devil painteth
Though hath it then caringly caress'd the Canvas of tomorrow?
O Canvas! for thee I hold my tool - still passionless it quivereth
Minding not that my hands are more than apt;
My Muse,
Where is hidden
The blue-hued arch'neath the High Heaven's rich emblazonry
The flowery meadow, embrac'd by the horizon -
snowflaked and aery mountains,
In which the barebreasted maidens dance to the lay o'midsummer,
[Más Letras en es.mp3lyrics.org/PwYw]
Aloft the distant lazy flapping of the doves in vaingfore.
O Canvas! wherefore canst thou these images not allow? -
I deem a projection of my Theatre they sould be! -
Then, I challenge thee the wisdom of naysaying the yearns o'mine -
What is this unforeseen that not enjoyneth light
shades to be skillfully painted?
The raven sky prey'd on by the snowfill'd, blustery clouds
Unadorned the meadow - hunger driveth the wolf out of the wood,
The maidens chained and whipped within a dreary dungeon -
And, fo! 'twixt the wizen roses a mossy grave;
"The Devil is as Black as He Painteth" -
O Canvas! wherefore...?
domingo, 31 de mayo de 2009
Reflexiones de un perfecto shinigami

Hacía rato que la tarde había caído sobre la vieja ciudad de Londres, y con ella las viles alimañas que habitaban en ella comenzaban a despertar de su letargo diurno. Por los oscuros nauseabundos callejones se podían encontrar desde vulgares ladrones hasta mendigos harapientos. Y es que, la noche descubría una cara muy diferente de Londres: una faceta malvada, hedionda y siniestra.
Nunca me gustó esta ciudad. Paseo indiferente observando con desdén a los marginados sociales que habitaban en el callejón, retorciéndose en sus agonías. La mayoría estaban medio desfigurados, vestidos con harapos y mendigando una compasión que bien sabían imposible de conseguir. Me parecían despreciables, seres corruptos llegados en su mayoría a su situación como producto de una vida auto-destructiva basada en el dinero, el juego y el alcohol. Son repugnantes, y he de decir que jamás en todos mi años como shinigami, he conseguido ni creo llegar a conseguir entender a los humanos.
Su existencia me parece francamente miserable, pues, ¿Cuánto dura una vida humana? ¿Setenta, ochenta años, con suerte? Lo cierto es que la mayoría de los que habitan en este callejón no llegarán a los cincuenta, y yo me encargaré de ello.
Soy un shinigami modelo, trabajador innato y eficaz como el que más. Puedo decir con orgullo que ninguna queja pesa a la espalda de William .T. Spears, y que para mí mi trabajo como Dios de la Muerte.
Mi tarea consiste en recolectar almas, clasificar los recuerdos y por último rellenar los informes, y debo decir que en todos mis años como shinigami, aún no me he cansado de todo esto.
Debo decir también que en tantos años he pensado bastante sobre la existencia del ser humano. ¿Acaso merece la pena? Por lo general, los humanos terminan cayendo en esa rutina que tanto temen: trabajan, se juntan, tienen descendencia y tras unos pocos años, mueren. ¿No es acaso una ridiculez en comparación con nuestra vida eterna? ¿Qué sentido tiene el nacer para después morir, o peor, para acabar como la escoria de este callejón? ¿Cuál es el fin de una vida corta y repleta de sufrimiento y desdicha? ¿Acaso compensa? Porque, ¿qué hay después de la muerte humana? Sus recuerdos quedarán archivados en las frías salas de nuestra biblioteca, así como su cuerpo se pudrirá, quedando reducido a la nada.
Y aquí comienza mi trabajo. Con precisión, comienzo a segar las vidas de los moribundos de un certero tajo de mi guadaña, Ellos no pueden verme, pues tenemos el don de hacernos visibles o invisibles al ojo humano a voluntad.
Es curioso cuando un humano muere. Aunque sepa que está enfermo, aunque sepa que va a morir, siempre muestra cierta sorpresa, como si no se lo esperara.
Esto ya es para mí una rutina, y cada vez más, los humanos me parecen iguales, todos igual de patéticos. Sé que con esto puedo parecer un monstruo, pero ¿no es acaso normal después de centenares de años segando vidas?
Permanezco impertérrito, presa de un mutismo absoluto. Avanzo inmutable por el callejón, llevándome conmigo todas las almas que aparecen en mi lista, observando como las vidas escapan de sus respectivos cuerpos. No dejo ni una, no me olvido de ninguna, siego todo atisbo de vida con mi guadaña, y cuando no queda un solo ser vivo en el callejón, trepo de un salto a uno de los tejados, observando el reguero de cuerpos tirados en el suelo, yermos, fríos, muertos. Me subo las gafas con la punta de mi guadaña, echando una última mirada de satisfacción y aprobación al callejón, pues soy un amante del trabajo bien hecho. Miro mi reloj de bolsillo, corroborando que he terminado en menos tiempo del que esperaba. Paseo por los tejados de esta oscura ciudad, observando a la gente caminar apresuradamente por las calles. Puedo sentir su miedo desde aquí, saben que “algo” les observa. No puedo evitar que una sonrisa aparezca en mi rostro, rompiendo por un momento mi seriedad. Sé que parece cruel, pero, ¿acaso no se puede disfrutar con tu trabajo...?




